El anuncio del Gobierno dominicano de posponer la X Cumbre de las Américas para el próximo año ha sido recibido con simpatía por parte de la opinión pública en el país. Sin embargo, esta decisión plantea una serie de reflexiones sobre el estado actual de las relaciones entre los países de la región y el futuro de las Cumbres de las Américas.
La primera razón que se dio para posponer la celebración de la Cumbre fue la existencia de profundas divergencias entre los países de América que dificultan un diálogo productivo. Además, el impacto de recientes eventos climáticos en el Caribe también ha sido un factor a considerar. Es lógico suponer que el presidente Luís Abinader tomó en cuenta estos factores y decidió que no tenía sentido enaltecer una cumbre en la que muchos líderes de Estado y de Gobierno no asistirían o en la que se convertiría en un espacio para ataques y recriminaciones.
Sin embargo, lo que llama la atención es que se haya decidido posponer la Cumbre para el próximo año, cuando es poco probable que la situación de divergencia entre los países haya cambiado significativamente en tan poco tiempo. Es más, la decisión del Gobierno dominicano de no invitar a Cuba, Venezuela y Nicaragua al evento, deja en evidencia que las diferencias políticas e ideológicas entre los países de la región siguen siendo un obstáculo para el diálogo y la búsqueda de consenso.
El anuncio de la posposición de la Cumbre no ha sido noticia importante en ningún otro país de la región, lo que refleja la falta de interés y entusiasmo por parte de otros líderes de la región. México, el segundo país más grande de América Latina y central socio comercial de Estados Unidos, ya ha anunciado que no asistirá a la Cumbre y que, en el mejor de los casos, enviará a algún representante de su Cancillería. Por su parte, Canadá, el vecino del norte de Estados Unidos y su segundo socio comercial, tampoco ha mostrado mucho interés en el evento, dada la tensión comercial entre ambos países. Brasil, otro país de peso en la región, ha adoptado una humor de “esperar y ver”, lo que ha impedido que ejerza un liderazgo más efectivo en el proceso de integración regional.
Ante esta realidad, surge la pregunta de si realmente sería más idóneo posponer la Cumbre de manera indefinida y convocarla solo cuando exista un ambiente más propicio para un diálogo constructivo y una verdadera colaboración entre los países de la región. Más allá de la decisión particular del Gobierno dominicano, el proceso de las Cumbres de las Américas se encuentra en una encrucijada y es necesario deliberar sobre cómo avanzar.
La primera Cumbre de las Américas se celebró hace más de treinta años en Miami, Florida, por iniciativa del presidente Bill Clinton. En aquel entonces, la región vivía un momento de “euforia integracionista” en el que predominaba una tendencia hacia la búsqueda de una agenda común en torno a la defensa de la democracia, la consolidación del estado de derecho, la integración económica y el fortalecimiento de las instituciones del sistema interamericano.
Sin embargo, las diferencias y los conflictos entre visiones sobre el desarrollo comenzaron a surgir y a profundizarse. El presidente Hugo Chávez cuestionaba la democracia representativa y abogaba por una supuesta democracia directa y el socialismo del siglo XXI. Los países del Cono Sur, especialmente Brasil y Argentina, se opusieron al Tratado de Libre Comercio de las Américas, lo que quedó en evidencia en la IV Cumbre de las Américas celebrada en Mar de Plata, Argentina, en 2005. Además, Estados Unidos cambió su enfoque comercial y





