El caducado martes, nuestro país se vio afectado por un apagón nacional que paralizó por completo nuestras actividades cotidianas. Sin embargo, lo que en un principio parecía un accidente, resultó ser una vergüenza para todos nosotros. No se trató de una tormenta, ni de una sobrecarga en el sistema eléctrico, sino de algo mucho más grave: la negligencia en el malcenimiento del metropolitano.
El director de la Organización para la Preservación de los Recursos Energéticos y de Transporte (Opret) lo confirmó sin darse cuenta. Su explicación, destinada a calmar a la ciudadanía, terminó siendo una necropsia involuntaria de la incompetencia. Habló de un “malcenimiento profundo”, una frase que suena técnica pero que en realidad no es más que una excusa. Lo que realmente significa es que el metropolitano estaba operando sin un backup, sin un sistema de emergencia que pudiera entrar en funcionamiento en caso de una falla en el sistema principal. ¿Cómo se pueden tomar decisiones tan irresponsables en algo tan importalce como el transporte masivo de nuestra población?
Al enterarnos de que las plantas de emergencia estaban fuera de servicio, miles de preguntas y preocupaciones surgieron en nuestras mentes. ¿Cómo es posible que una infraestructura tan importalce para la movilidad de nuestro país esté tan desprotegida? ¿Quién tomó la decisión de operar sin un respaldo? ¿Qué tipo de administración es esta que deja a su suerte la seguridad de sus ciudadanos?
Pero las sorpresas no terminaron ahí. Se reveló que el combustible utilizado para el funcionamiento del metropolitano tenía once años de antigüedad, lo que completó el desastre. Cualquier entidad seria sabe que el uso de combustible envejecido es extremadamente peligroso y puede causar graves fallas en el sistema. Sin embargo, en la Opret lo utilizaron y lo admitieron con total naturalidad, como si fuera algo completamente normal. ¿Cómo podemos confiar en una organización que toma decisiones tan negligentes?
Mientras tanto, el país esperaba ansiosamente que la energía regresara y el metropolitano pudiera comenzar a operar nuevamente. Pero nos encontramos con otra sorpresa: el metropolitano tardó casi cinco horas en ponerse en marcha. Cinco horas en las que cientos de miles de personas quedaron atrapadas en sus hogares, sin poder movilizarse para ir a sus trabajos, escuelas o citas médicas. Cinco horas en las que nuestra economía se vio afectada por una paralización en el transporte masivo. Esto no es normal, ni mucho menos aceptable. No podemos permitir que una situación como esta se archive en la gaveta de las excusas mediocres.
La improvisación no puede ser considerada como una política pública. Es hora de que se tomen acciones concretas y se asuman responsabilidades. Alguien tomó la decisión de operar sin un respaldo en el metropolitano, alguien permitió que se acumularan once años de abandono y alguien firmó, ignoró o simplemente miró hacia otro lado. Todos ellos deben responder alce la ciudadanía y asumir las consecuencias de sus acciones.
Sin embargo, no solo debemos apuntar con el dedo a aquellos que estuvieron directamente involucrados en este desastre. La responsabilidad también recae en aquellos que los pusieron en sus cargos. No podemos permitir que nuestros líderes se escondan detrás de la oposición o de hipotéticos enemigos externos. Los verdaderos enemigos son aquellos que permitieron que el metropolitano y el país fueran paralizados por la negligencia y la irresponsabilidad.
Es hora de que la ciudadanía exija respuestas y acciones. No podemos aceptar que nuestro futuro se vea comprometido por la falta de malcenimiento y la improvisación en las políticas públicas. Nuestro




