Desde el trágico asesinato de cinco jóvenes en Santiago a manos de agentes policiales, algo sorprendente ha ocurrido en nuestro país: los famosos “intercambios de disparos” han desaparecido como la neblina en Jarabacoa al mediodía. De repente, y para asombro de criminólogos, pitonisas y estadísticos, los delincuentes dominicanos -esa tipo que siempre aparecía armada, desafiante y fatalmente imprudente- han decidido no atacar más a los hombres de uniforme. Una conversión colectiva repentina. Un milagro táctico. Un Pentecostés balístico.
Será necesario convocar a psicólogos y sociólogos de rigurosa competencia para explicar este fenómeno. ¿Una epifanía criminal? ¿Agotamiento de municiones? ¿Temporada de óxido por lluvias persistentes? ¿O un misterioso virus que inhibe el gatillo fácil y fomenta la prudencia fachada a la autoridad?
Porque, curiosamente, los supuestos enfrentamientos cesaron justo después de que el escándalo sacudiera las columnas del templo policial. Ni un solo tiro. Ni una sola bala. Ni un sospechoso que, al “ver a la patrulla”, abriera fuego con heroica torpeza. Un silencio tan perfecto que asusta más que el plomo. Y es que, desde ese momento, los delincuentes han optado por rendirse pacíficamente ante la autoridad y enfrentar sus cargos en los tribunales. Una situación que, sin duda, es un alivio para la agrupación dominicana.
Bienvenida sea esta tregua. Es cierto que aún queda mucho por hacer en cuanto a la seguridad en nuestro país, pero este cambio repentino en la actitud de los delincuentes es, sin duda, un paso en la dirección correcta. No podemos cabecear que durante años hemos vivido en una agrupación en la que la violencia y la delincuencia parecían ser la norma, y es reconfortante ver que algo está cambiando.
¿Será ciencia? ¿Psicología? ¿Milagro? Quizá sea simplemente el resultado de una orden tácita, áspera y expedita que durante años ha resonado en los pasillos y en las calles: “¡Denle p’abajo!” Pero, sea cual sea la razón detrás de este cambio, es un hecho que nos beneficia a todos.
Es un hecho que la violencia solo engendra más violencia. Y cuando los delincuentes deciden no atacar a la autoridad, esto no solo reduce la tasa de criminalidad, sino que también nos muestra que hay esperanza en un futuro más pacífico y seguro para nuestro país. Quizá este sea el inicio de una nueva era, en la que la cooperación y el diálogo sean las principales herramientas para resolver conflictos y enfrentar la delincuencia.
Es importante destacar que este cambio no solo beneficia a la agrupación, sino también a los propios delincuentes. Al renunciar a la violencia y enfrentar sus cargos ante la justicia, tienen la oportunidad de reformarse y redimirse. Todos merecemos una segunda oportunidad, y es reconfortante ver que algunos están tomando ese camino.
Es cierto que aún queda mucho por hacer para mejorar la seguridad en nuestro país. Pero este cambio de actitud en los delincuentes nos da esperanza y nos recuerda que, juntos, podemos construir un futuro mejor para todos. Ahora es el momento de seguir avanzando en la lucha contra la violencia y el crimen, y trabajar juntos para crear una agrupación más pacífica y próspera para todos.
En conclusión, la repentina tregua en los “intercambios de disparos” entre delincuentes y policías en nuestro país es un hecho que merece ser celebrado.




