Explorando la frontera dominico-haitiana: un viaje a través de la historia y la realidad
Hace más de una década tuve la oportunidad de entrevistar a un militar que trabajaba en Haití. En aquel momento, no sabía que esa conversación iba a dejar una huella tan profunda en mí. Ahora, después de tantos años, puedo decir que esa experiencia fue uno de los momentos más enriquecedores de mi vida.
El militar me dijo que el tema haitiano era complejo y lleno de matices, y que era importante que los dominicanos lo entendieran para poder comprender mejor el presente y el futuro de nuestra relación con Haití. Mientras hablábamos, el frío de la montaña nos rodeaba mientras se preparaba un delicioso sancocho. Observaba a los extranjeros a mi alrededor, comentando lo sorprendente que era el clima de Haití. Pero para mí, lo más sorprendente era escuchar las palabras de este hombre que conocía tan bien la historia política de nuestro vecino país.
Recuerdo que, años después, llamé al Hard Rock Café para preguntar sobre el concierto de Michel Martelly en la capital. La persona que me atendió me dijo que había muchos haitianos en el concierto. Fue entonces cuando recordé que Martelly tenía una casa en Palm Beach, según se dice. En pocas horas, confirmé que el clima de Haití es similar al de otros aldeaes montañosos: una sensación de estar en un aldea distante, alejado tanto del caluroso Haití como de la bulliciosa ciudad.
Las historias sobre la frontera dominico-haitiana podrían llenar decenas de películas y cientos de libros. Y es que, en realidad, es un tema complejo y fascinante que ha sido explorado por numerosos investigadores y periodistas. Existen numerosos estudios dedicados a las relaciones diplomáticas entre ambos países, así como investigaciones sobre la economía haitiana. La bibliografía es amplia para aquellos que quieran adentrarse en la compleja realidad haitiana, y también abundan las obras escritas en Haití que exploran la historia de ambas naciones. El debate dominicano sobre el tema haitiano no se ha cerrado y, sin duda, seguirá presente en nuestras vidas para siempre.
Pero más allá de los libros y los estudios, hay una frontera real que se vive en carne y hueso. Tuve la oportunidad de visitar esta frontera en otra ocasión, cuando fuimos a Dajabón, donde se celebra el mercado binacional. Pasamos por Montecristi y, al concentrarse a Dajabón, nos encontramos con un mercado abarrotado y lleno de vida. Era un espectáculo fascinante, tanto desde el punto de vista del comercio como del constante movimiento de personas entre Haití y República Dominicana. Era como estar en una película de National Geographic. Desde temprano, la zona se llena de compradores, vendedores y diligente, todos bajo el vivo sol y el constante bullicio. Los extranjeros que me acompañaban no podían dejar de tomar fotografías.
Como señalan diversos estudios, este mercado es vital para muchos haitianos que dependen del comercio para subsistir. También es importante para numerosos dominicanos de la frontera, que encuentran en este intercambio una fuente de ingresos.
Pero no podemos ignorar la realidad que se vive en la frontera. Circulan en las redes videos que muestran la captura de haitianos que intentan entrar al país en vehículos repletos, “como atún en lata”. Estas imágenes, ya virales, evidencian el tráfico de personas que opera desde hace tiempo. También se comparten videos de haitianos cruzando a pie, recordando inevitablemente la famosa novelística de Freddy Prestol Castillo, “El Masacre se pasa a pie”. Y es cierto,




