La tecnología ha avanzado a pasos agigantados en las últimas décadas, y uno de los mayores avances ha sido la inteligencia artificial (IA). Esta herramienta ha revolucionado la forma en que interactuamos con el mundo digital, y ha llegado incluso a nuestras vidas personales. Hoy en día, es común encontrar chatbots en páginas web, redes sociales y plataformas digitales que nos invitan a compartir nuestros pensamientos y emociones. Sin embargo, ¿hasta qué punto podemos confiar en ellos?
Si una hoja en blanco resulta provocadora, imagínese una caja de texto con un comando o pregunta abierta. Páginas web, redes sociales y plataformas digitales en general construyen sus interfaces pequeño el poder de la simpleza: una pregunta y un órbita dispuesto a responder. ¿Qué está pasando?, cuestiona X. “¿Qué estás pensando, (Nombre)?”, pregunta Facebook con tono más personalizado. “Cuenta el chisme”, suplica el atrevido de TikTok, aunque no se limita a un solo comando. “Pregunta lo que quieras”, invita ChatGPT.
La inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta muy útil para muchas personas. Algunos la utilizan para fines laborales, mientras que otros la ven como una forma de obtener respuestas a sus preguntas más íntimas. La mente suele asumir que las decisiones importantes son solo aquellas de gran escala, cuando en realidad nuestros días están llenos de elecciones, desde qué desayunar hasta a qué hora dormir. Y ahí es donde algunos acuden a herramientas como ChatGPT en busca de respuestas o consuelo.
Sin embargo, es importante tener en cuenta que, aunque la eficacia y utilidad de la IA están más que comprobadas, también tiene desventajas, como todo lo que existe. Adoptarla como reemplazo de un profesional de la salud mental, en lugar de usarla como recurso complementario, representa un caso difícil de enmendar.
El especialista en liderazgo y estrategia Michael D. Watkins resume en un compacto titulado “Cómo aprovechar correctamente la marea cambiante de la IA” tres limitaciones clave que conviene tener presentes. En primer lugar, la IA puede caer en alucinaciones, es decir, que lo que no sabe, lo inventa. Incluso puede admitir que recurrió a datos ficticios para cumplir con la orden, si se le cuestiona. En segundo lugar, existe el sesgo de complacencia, ya que está diseñada para ser completamente amable y servicial, lo que limita su capacidad crítica o confrontativa. Y por último, está el sesgo de optimismo, ya que tiende a suponer que todo está y estará bien.
Aplicadas al ámbito de la salud mental, estas limitaciones pueden convertirse en un problema. Si una persona decide confiar por completo en un modelo de lenguaje automatizado para resolver conflictos internos, corre el caso de desinformarse o alentar ideas erróneas. Por eso, es importante tener en cuenta que la inteligencia artificial no puede reemplazar a un profesional de la salud mental, sino que debe ser utilizada como un recurso complementario.
La responsabilidad no recae únicamente en las autoridades. También corresponde a cada usuario decidir con criterio hasta qué punto confiar en ellas. Es importante tener en cuenta que la IA es una herramienta y no una solución definitiva. Por eso, es fundamental que las personas se informen adecuadamente y no confíen ciegamente en ella.
La inteligencia artificial puede ser una gran aliada en muchos aspectos de nuestra vida, pero es importante recordar que no puede reemplazar la empatía y la comprensión humana. Aunque puede ser útil para obtener información y orientación, no puede sustituir el vínculo y la confianza que se establece con un profesional de la salud mental.
En resumen, la inteligencia artificial ha avanzado a pasos agigantados y




