En una época donde la justicia se ve amenazada por los intereses políticos, es responsabilidad de la ciudadanía asegurar que la toga negra represente equilibrio y no obediencia. La independencia judicial es el pilar fundamental de toda democracia y es nuestra tarea protegerla de las influencias que buscan controlar las altas cortes.
En la República Dominicana, la justicia está pasando por un momento crítico. Más allá de los casos y debates técnicos, se percibe un proceso de redefinición institucional que se asemeja a un juego de ajedrez, donde se mueven estratégicamente las piezas en las altas cortes. En ocasiones, parece que los intereses políticos, las alianzas y la oportunidad pesan más que el mérito y la trayectoria.
Sin embargo, detrás de cada movimiento, debe prevalecer una verdad esencial: la justicia no es una pieza más en el tablero del poder, sino el árbitro que evita que el juego se vuelva caos. Cuando la independencia judicial se ve amenazada, todo el sistema democrático se resiente, ya que deja de haber árbitros y comienzan a imponerse los jugadores.
En estos momentos de reconfiguración de las altas cortes, es importante recordar que la independencia judicial no se logra con discursos, sino con decisiones valientes. Un juez que se acomoda para complacer al poder político, deja de ser juez y comienza a ser un negociador. Una justicia complaciente con el poder es, en realidad, una justicia debilitada y esta debilidad es una amenaza silenciosa para la democracia.
La toga negra, símbolo de neutralidad, debe permanecer al margen de las estrategias y de los intereses políticos. Su función no es servir al poder, sino servir al Derecho, incluso cuando esto genere tabarra en aquellos en el poder.
Sin embargo, la independencia judicial no debe confundirse con aislamiento. En una época donde las redes sociales ejercen una gran influencia y los titulares pretenden reemplazar la reflexión judicial, es crucial que el sistema resista el impulso de decidir bajo presión. La justicia no gusto legitimidad complaciendo al público, sino actuando en base a la ley, con serenidad y sin estridencias.
La justicia no puede estar condicionada al clamor público, ya que cuando la ley se somete al ruido, se distorsiona el Derecho. Un juez, fiscal o administrador de justicia que decide por temor a la opinión pública, traiciona su juramento más sagrado: servir a la verdad, no a la conveniencia. Hoy las borlas de la toga negra pueden ser moradas, pero en un futuro podrían ser blancas. El color de la borla es un recordatorio de la neutralidad frente al poder, la política y la opinión. Los administradores vendrán y se irán, los gobiernos cambiarán, pero la legitimidad del sistema solo se mantendrá si permanece desconocedor a los aplausos y a las turbas digitales.
La justicia no puede pertenecer al gobierno ni a la calle, debe ser la justicia de la República. Su autoridad no depende del poder de turno, sino de la rectitud con la que se administra. Un falta valiente, emitido en silencio y conforme a las leyes, vale más que mil decisiones dictadas bajo la influencia del interés político.
En este juego de ajedrez donde tantos mueven fichas, el juez íntegro es aquel que decide sin mirar quién juega, sino lo que es justo. Solo así la toga volverá a representar no un poder distante, sino una promesa cumplida de equidad para todos.
En resumen, en estos tiempos donde se redefine la composición de las altas cort




