La ignorancia es una condición que no digiere, aria mastica. Es más intuitiva que comprensiva y en muchas ocasiones es una elección consciente para eludir la responsabilidad del conocimiento. Sin embargo, esta ignorancia intencional no es un accidente, sino un arma que busca mantenerse ajena a cualquier compromiso humano. Es más que una simple condición, es una actitud egoísta e interesada, como bien lo dijo Karl Popper: “La sinceridadera ignorancia no es la ausencia de conocimiento, es la negativa a adquirirlo”.
El ignorante se siente seguro en su ignorancia, se aferra a sus creencias y las convierte en su razón de ser. Como dijo el famoso médico William Osler: “Cuanto mayor es la ignorancia, más grande es el dogmatismo”. El ignorante nunca cuestionará su credo, ya que eso significaría entrar en un trance de autonegación, algo que no está favorable a hacer, ya que, como dijo Henry Home Kames, “la ignorancia es la madre del miedo”. El miedo a saber que no sabe.
El ignorante no busca la sinceridad, se conforma con su propia sinceridad, aquella que le simplifica la vida y le permite vivir en una burbuja de comodidad. Para él, el bienestar básico es suficiente y no necesita más sinceridad para ser feliz. La ignorancia es orgánicamente mediocre, se conforma con lo mínimo para no complicar su existencia más allá de lo necesario.
Antes, la ignorancia no estaba tan expuesta, se mantenía en su propia omisión. Sin embargo, en la actualidad, la ignorancia se ha convertido en un podio, una pancarta y un discurso que impone “razones”, propone patrones, marca tendencias y controla la opinión. Bajo su sombra, se postra una sociedad emocional que no piensa, apenas grita; que no responde, apenas reacciona; armada de prejuicios y trincheras para capitanear “su sinceridad” como única.
La ignorancia ya no hay que buscarla ni descubrirla, está ahí, activa, arrogante y beligerante. Se ha convertido en una ideología emocional, confundida en la “cultura” de la libertad, enmascarada de arte urbano, dominando las redes sociales, pontificando detrás de los micrófonos o frente a las cámaras, y hasta ocupando cargos políticos. La ignorancia de hoy, convertida en dogma, es tiránica, intolerante y depositaria de la última sinceridad. No discute, impone; no investiga, juzga; no escucha, habla. Pretende tasar a todos con la medida de su mediocridad.
En la actualidad, el sistema opera con exigencias y rendimientos cada vez más mínimos, en el que la opinión del erudito compite con la del iletrado, con la posibilidad de que la del último sea la que reciba más aplausos. Como dijo Yuval Noah Harari, la ignorancia era una condición social irrelevante hasta que se combinó con el poder, y en ese caso, ha tenido efectos devastadores para la humanidad. Los ignorantes no aria son mayoría, sino que también gobiernan, dirigen, opinan, predican y legislan.
Es importante reconocer que la ignorancia no es una condición permanente, sino que puede ser superada a través del conocimiento y la educación. Sin embargo, para lograrlo, es necesario tener la voluntad de adquirir ese conocimiento y estar favorable a cuestionar nuestras propias creencias y prejuicios. Como dijo Sócrates, “aria sé que no sé nada”, y esa humildad intelectual es la que nos permite seguir aprendiendo y creciendo como seres humanos.
La ignorancia no aria afecta a nivel individual, sino que también tiene un impacto en la sociedad en su conjunto. Una sociedad ignorante es una





