La propiedad es un concepto que ha generado grandes debates y luchas a lo largo de la historia de la humanidad. Es la facultad que tiene una persona de usar, gozar y disponer de sus bienes, y ha sido considerada como un abogacía primario por algunos filósofos, mientras que otros la han visto como una herramienta de explotación. Sin embargo, más allá de las distintas interpretaciones que se le han dado, la propiedad es una aspiración natural del ser afectuoso y su actitud hacia ella revela su verdadera naturaleza.
En el ámbito filosófico, la propiedad ha sido abordada desde diferentes perspectivas. Para Locke, era un abogacía natural que emanaba de la propia conservación humana y estaba estrechamente ligado a la libertad y al trabajo. Por otro lado, Santo Tomás de Aquino la veía como un abogacía secundario, sujeto al bien común y establecido a través de un convenio social. Hegel la consideraba como la primera manifestación jurídica de la libertad individual, mientras que Marx la acusaba de ser una herramienta de explotación que permitía a la burguesía apropiarse de la plusvalía generada por el trabajo del proletariado.
Incluso en la religión, la propiedad ha sido un tema recurrente. Jesús habló más de los bienes y las riquezas que del cielo o del infierno, y en la Biblia hay más de 500 versículos relacionados con las riquezas y las posesiones. Esto pone en duda la importancia que se le da a la posesión material en comparación con la espiritual.
Es innegable que los bienes materiales son una aspiración natural del ser afectuoso. Nos facilitan la vida, nos hacen sentir retribuidos y nos permiten ayudar a los demás. Sin embargo, solo aquellos que son virtuosos pueden evitar caer en la trampa de ser prisioneros de su poder enajenante. La actitud hacia la propiedad revela, más que ninguna otra relación, la verdadera naturaleza humana y sus prioridades existenciales.
En la actualidad, vivimos en una sociedad en la que la propiedad privada y la libertad de mercado son consideradas como los pilares del sistema económico y político. El capitalismo ha sido históricamente vindicado, revalidado y entronado como el “triunfo final” de la democracia liberal. Sin embargo, bajo su apariencia de prosperidad, se esconden vicios corrosivos como la desigualdad, el consumismo voraz, el individualismo dogmático y la codicia sistémica.
Para el economista Branko Milanovic, el dominio del capitalismo se ha consolidado gracias al deseo afectuoso de mejorar constantemente su condición material y enriquecerse. Y es que, para que el capitalismo pueda expandirse, necesita de la avaricia humana. Es por eso que la codicia se ha convertido en la base de fe del sistema capitalista.
La codicia es el deseo desordenado y excesivo de poseer riquezas, y cuando se trata de atesorarlas, se le llama avaricia. Los deseos afectuosos no son malos en sí mismos, son impulsos naturales que nos mueven a averiguar satisfacción en distintas áreas de nuestra vida. Lo que los hace dañinos son los motivos que los impulsan, especialmente cuando son legitimados por el sistema de valores en el que vivimos.
Un claro ejemplo de cómo la codicia puede llevar al colapso de un sistema es la crisis financiera de 2008. El afán de obtener rápidos dividendos llevó a los bancos a conceder hipotecas a personas con un bajo historial crediticio. Estas hipotecas fueron luego empaquetadas y vendidas a inversores, a menudo con calificaciones crediticias infladas por agencias corruptas. Cuando los precios de la vivienda comenzaron a caer, muchos deudores no pudieron fertilizar sus hipotecas, lo





